Filosofía en el tocador comienza con una dedicatoria “A los libertinos”. En ella señala que los lectores de esta obra debemos nutrirnos “de sus principios, que favorecen sus pasiones, esas pasiones con las que fríos e insignificantes moralistas los intimidan, y que no son sino los medios que la naturaleza utiliza para que el hombre logre comprender los designios que ella ha trazado respecto de él”. Gran manera de comenzar una obra.
Finalmente recibí el llamado del director de aquel colegio en el que me presenté para dictar clases de educación sexual. Creí que aquél era un simple burgués de mentalidad burguesa, alejado e intimidado de y por los placeres del libertinaje. ¿Para qué vivir –me pregunté luego de esa entrevista- si vivir sólo implicase reducir nuestra voluntad voluptuosa a la insatisfacción como consecuencia de la estandarización de las relaciones sociales? Ese director de colegio secundario vive para preocuparse de los otros pero no de sí mismo y morirá sin haber probado el dulce placer de la extensión de su fuerza y su violenta carne hasta sus límites irreconciliables con el tiempo. ¿Acaso le han prometido, como a Justina, que después de todos los dolores y las frustraciones que conlleva vivir una vida virtuosa, virtud pisoteada una y mil veces por el vicio, se asegurará un lugar en el Paraíso y no un espacio en el humus y carcomido por los gusanos? Así era como pensaba hasta que oí sonar mi teléfono y escuché la voz del director, impaciente para aplicar mi proyecto educativo en una clase de jóvenes de entre 15 y 16 años. Enloquecido y regodeado en un júbilo terrenal, afirmé que estaría delante de la clase al día siguiente para comenzar.

