Mi amigo F… vino a visitarme el viernes por la mañana. Su estado era lamentable. Me explicó que deseaba terminar con su novia, pero no sabía bien la mejor forma de hacerlo o, aunque sea, hacérselo saber. Él está con ella desde los dieciséis años. Ahora tiene 28. Una gama de sentimientos contradictorios, ambiguos, se encuentran en su mente. La ama, pero no puede soportar verle la cara. No puede soportar más sus gustos para la decoración ni su forma de respirar cuando duerme. F… desea con desesperación un poco de libertad. Vino hacia mí en busca de auxilio, esperando que yo pudiera ofrecerle un poco de aire fresco en su hacinamiento intestino.
- ¿Qué puedo hacer para no volver a ver más a esta mujer?
- Decile que ya fue - le respondí con tranquilidad.
- Ésa no es una opción. Ella es muy volátil.
- En ese caso, escribile una carta.
- Lo pensé. Lo que sucede es que no sé escribir bien. Soy un hombre de pocas pulgas para la literatura. ¿Podrías hacerla, me estoy refiriendo a la carta, por mí? – me sugirió, suplicante.
Quizás no fuera una mala opción. Sin lugar a dudas, tengo un poco más de práctica en el ámbito de la pluma que F…. No obstante, no deseaba quedar expuesto a ser descubierto por su novia, que conoce bien mi obra. Eso, sin mencionar mi falta de sensibilidad, es decir, mi total y completa frialdad en lo referido a asuntos amorosos. La angustia de mi amigo me hipnotizaba a la par de sus súplicas. Pero yo había tomado mi decisión:
- Lo siento, F…. Me es imposible. No me encuentro inspirado.
- ¿Y entonces qué hago?
Y recordé lo que hube leído la semana pasada.
- Toma una lapicera; yo te dictaré algo que, de seguro, ella no conoce.